Son casi indivisibles en La Charqueada. Nacieron juntos y se templaron durante 45 años.

A diferencia del Festival del Olimar, el de La Charqueada nació para la vigilia y la celebración, utilizando los términos de Semana Santa.

Nació en la espera de los acampantes a orillas del Cebollatí, para recibir a los héroes de las aguas. Nació con una base de vecinos que esperaban a muchos de los suyos que venían “en punta” aguas abajo y pretendían con esta fiesta “aliviar el cansancio del arrozal” como relata en sus letras Nicomedes Motta.

Y en esa vigilia, se fueron haciendo campamentos y fogones y crecieron las guitarras y las canciones “lame el cielo los fogonos con sus lenguas, como templando la sazón del Festival, y allá abajo La Charqueada nos espera…” contaba en otra parte Motta.

Al principio fogones y campamentos de pocas horas, de una a dos noches y como buenos orientales la excusa de la vigilia era matizada con guitarra y mate.

El crecimiento fue dotando a la fiesta de mayores jornadas y nombres y grupos de gran valía fueron engrosando las grillas con el tiempo.

Hubo un momento de reclamo, de varios días de espera sin música, ya que la gente acampaba desde el lunes y aguardar al jueves cuando arranca en La Charqueada, era de mucha ansiedad.

El viejo escenario que casi “lo come” la barranca, un día se fué y los Coronillas que eran casi horcones de aquel estrado de magia y canto, se transformaron en una coqueta pérgola que sostuvo el Festival durante casi una década. Hoy un paseo cotidiano y lugar de encuentro en los primeros días de turismo.

La nueva ubicación del escenario, con un marco natural exhuberante, a pocos metros del rio y de la Protectora de los Pescadores, María Auxiliadora, se muestra como el salto cualitativo que La Charqueada precisaba para consolidar su propuesta de turismo, recepción, canto y de Templo acorde para el encuentro final de la Regata y el canto, celebrando el cierre de la Semana de Treinta y Tres.

 

Autor: Walter Acarino

 

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