La herencia de Juca Vergara
Un poco de Historia
La penetración brasileña en Uruguay, a través de la frontera, preocupó a gobernantes orientales desde mediados del siglo XIX, pues «se posesionaban de nuestras tierras, transformaban nuestro idioma y cambiaban nuestras costumbres», según Francisco Bauzá.
Una ley de 1870 alentaba la creación de pueblos en las fronteras para impedir esa invasión económica y cultural que amenazaba nuestra identidad y así contribuir a consolidar la novel independencia del Uruguay. En medio de ese panorama, llegó a esta zona José Fernández Vergara.

De dónde venía
Había nacido en el municipio de Cangussu, localidad de Piratiny, República Federativa del Brasil, ni bien asomó el año 1800. Era hijo de José Vergara y María Fernández, ambos ciudadanos brasileños y el orden de sus apellidos (Fernández -Vergara) se debe a que en Brasil se identifica a las personas anteponiendo el apellido materno al paterno.
Era común que los brasileños, al ingresar al Uruguay, fueran llamados por el apellido del padre, como corresponde a nuestro sistema legal. De ahí que a Juca se lo conociera como Vergara y se haya nombrado al pueblo de la misma manera.
El 25 de diciembre de 1841 contrajo matrimonio con Graciana Gomes en el propio municipio de Cangussu.
Se radicó en nuestro país en 1857, a poco de ser adquiridas, por escrituraciones hechas en Brasil, tierras en la zona contigua a la Cañada Grande.
En 1877, compró las tierras para la fundación y se afincó donde de ahí en más comenzaría —en su mente y en los hechos— a darle forma a su pueblo.
Vida sentimental
De su mujer en Brasil, Graciana Gomes, no se tienen noticias por estos lares, salvo una escritura en la cual se la hace comparecer el día 12 de diciembre de 1891, por la cual Fernández Vergara vende a José Pereira y José Techera una fracción de campo. En su memoria queda una calle que lleva su nombre y que fue límite del pueblo en el primer fraccionamiento.
Al fundador se lo conoció unido a Paula López, una de las mujeres más bonitas del lugar, con quien vivió hasta el final de sus días. Con ella tuvo varios hijos: Juan, Jacinto, Estefanía, Urbana e Isolina. Isolina vivió hasta hace poco tiempo y con su testimonio construimos gran parte de esta biografía.
Sus ingresos
Las tareas rurales fueron en principio su principal fuente de ingresos. Explotó un área importante, que superaba holgadamente las tres mil hectáreas, pero le sobrevinieron apremios económicos y terminó con un área pequeñísima, fundamentalmente con los recursos provenientes de la venta de los terrenos fraccionados.
Amante de las carreras de caballos, sus últimos años fueron dedicados de lleno a esa gran pasión. Sus caballerizas eran lugar de reunión de los vecinos, donde se conversaba de la vida y los problemas cotidianos y se ensalzaban las virtudes de algún «mentao» de la zona.
La pista se extendía a un lado de El Charco y la largada, como a veces ocurre en nuestros días, se hacía por cinta. Se apostaba fuerte y grandes fortunas tambalearon y se desvanecieron en las patas de los caballos.
Cuando terminaba la velada, volvía a la casa con unos trozos de cinta que regalaba a sus hijos, pero los más chicos, poco conformes con el presente, tiraban de sus bombachas reclamando algún vintén, que el viejo largaba protestando en su idioma natal.
La fundación
En 1890, en pos de concretar la fundación de un pueblo en sus dominios, trajo al agrimensor Manuel Coronel para practicar la mensura y amanzanamiento, así como la subdivisión del terreno para chacras. De ahí en más se gestionaría la autorización ante los poderes públicos.
El 7 de abril de 1891 vendió el primer terreno del pueblo, conocido como Parado o Caserío del Parao, a Bernardino Silvera.
José Fernández Vergara se integró plenamente a la vida del Caserío del Parao y se convirtió en un puntal para el progreso del lugar.
El 10 de marzo de 1903 entró en vigencia la ley que declaró pueblo a Vergara.
Realizó donaciones de terrenos para edificios públicos y plaza pública, se los facilitó a quienes quisieron afincarse, otorgando plazo para el pago del precio, el que muchas veces no llegó a cobrar. Hizo hincapié en la escuela como medio de elevar el nivel cultural y, por ende, la calidad de vida de los pobladores.
Él y Paula, personalmente, llevaron a inscribir a su hija Isolina, una de las cuatro primeras alumnas de la escuela N° 17.
Sus negocios
Las primeras fracciones de campo que adquirió en esta zona no fueron aquellas sobre las cuales fundaría su pueblo, sino otras, ubicadas muy cerca, en el paraje conocido como Cañada Grande, a cuatro kilómetros de Vergara en dirección oeste, por el camino que pasa por el cementerio.
La cañada nace en la cuchilla de tercer orden, separante de las aguas que descienden al arroyo Parao y al de Corrales; corre al sureste en una extensión de 20 kilómetros y descarga en la margen izquierda del Corrales, afluente del Parao.
La primera fracción la compró a Juan Assario Vergara, el 19 de setiembre de 1857, en escritura autorizada en la localidad de Piratiny, municipio de Cangussu, por el escribano Simón Antonio Pereira. Pagó 200 pesos moneda corriente oriental.
La segunda, contigua, el 8 de febrero de 1858, a los esposos Damasio Vergara y Guillermina Vergara, por el precio de 400 patacones plata, en escritura que autorizó en la ciudad de Yaguarón el escribano Nicanor Nolasco Rodríguez Paz.
La tercera, también aledaña, el 1.º de marzo de 1858, a Francisco Vergara y su señora Carlota Sánchez, por el precio de 400 patacones plata, por escritura que autorizó el antes nombrado escribano en Yaguarón.
Los tres hermanos (Juan Assario, Juan Damasio y Francisco Vergara) habían comprado esas tierras unos meses antes, el 17 de agosto de 1857, a los cónyuges Juan Francisco Pagola y María Morales, por escritura que en Rocha autorizó el alcalde ordinario don Máximo Amorín.
Las tierras de la fundación
Parte de las tierras sobre las cuales habría de fundarse el pueblo, las adquirió José Fernández Vergara, diez años después, a Josefa Ignacia Saravia, casada en segundas nupcias con Clementino Vergara, en escritura que autorizó el escribano Lucas Urrutia el 20 de diciembre de 1877.
A su vez la vendedora había recibido esas tierras por herencia del hijo de su primer matrimonio de nombre José Vergara y este le había comprado a Juan Francisco Pagola y María Morales por escritura que en Rocha autorizó el alcalde ordinario Sr. Amorìn, el 17 de agosto de 1857.
Sobre esta fracción fue donde originalmente se trazó el primer plano de fundación del agrimensor Manuel Coronel, en terrenos ubicados entre calles José Artigas y Graciana Gomes.
Otra parte de esas tierras, aunque en mucho mayor área, las adquirió por escritura del 18 de febrero de 1887, autorizada por el notario Indalecio Rodríguez y Rocha. El total de esta compra es de 1068 cuadras y el vendedor fue su coterráneo Enrique Da Rosa Dutra, por intermedio del apoderado Cándido Rodríguez Lima.
Esta fracción es contigua a la que le vendió Ignacia Saravia y sobre parte de ella también se erigiría el pueblo del Parao. Eran terrenos ubicados entre las calles 18 de Julio y vía férrea, haciendo fondo con el Parao.
El anterior propietario de este bien fue Enrique Da Rosa Dutra, quien lo había adquirido a Eleuteria Da Rosa Dutra, el 13 de noviembre de 1869 en Cangussu, ante el escribano Da Luz; y a Margarita Da Rosa Núñez, el 10 de julio de 1861. Esta fracción no fue amanzanada. Fue vendida como campo por el sucesor del fundador, su hijo Carolino Gomes Vergara y fraccionada años después.
Problemas financieros
Hasta aquí los papeles demuestran que el aspecto económico era floreciente, pero de ahí en más, luego del establecimiento del caserío en 1891, la investigación comienza a mostrar un lento pero paulatino deterioro en las finanzas de Juca Vergara.
El 10 de octubre de 1892, el hacendado y comerciante Isidro Tellechea le hizo un préstamo de 1200 pesos; Fernández Vergara le hipotecó a su favor 400 cuadras.
El 3 de julio de 1893, hipotecó, a favor de Manuel Fernández Rivera, 900 cuadras de su propiedad para garantizar un préstamo en dinero que aquel le había hecho.
El 13 de mayo de 1894, le vendió a Isidro Tellechea 590 hectáreas.
El 13 de noviembre de 1894, le vendió a Joao Damaceno Caldeira 400 cuadras por 1200 pesos oro sellado y a Isidro Tellechea la cantidad de 900 cuadras (664 hectáreas) para hacer frente a las deudas contraídas.
El 4 de diciembre de 1894, por documento que autorizó el escribano Luciano Macedo, en la casa de Paulino Sánchez, Fernández Vergara vendió 50 cuadras, parte de la fracción que le adquiriera a Ignacia Saravia, a Gerónimo Valentín Almeida, por 300 pesos.
El 3 de marzo de 1895 hipotecó a favor de Damaceno Caldeira —casado con una nieta suya— dos fracciones de campo, de 147 y 177 hectáreas, garantizando un préstamo de 5000 pesos.
El 4 de marzo de 1895 le vendió a Germán Cuello, casado con Virginia Das Neves, otra fracción de su propiedad. En la misma fecha le vendió a Isidro Tellechea 57 hectáreas. Ambos documentos fueron autorizados por el notario Luciano Macedo.
¿Fue culpa de su vida desordenada, de yerros sentimentales y apuesta a las californias? ¿O fue el proyecto de fundación del pueblo de sus sueños lo que terminó con la fortuna del fundador?
Juan Paseyro y Monegal escribió en 1896, en el periódico La Verdad:
«Pocos son los hombres que han sacrificado en estos tiempos sus intereses por el progreso de este país; entre estos se cuenta, y con justicia, el Sr. Vergara, que siendo dueño de una cuantiosa fortuna, se encuentra en el presente relativamente pobre, solo por llevar a cabo un pensamiento que le halagaba desde su juventud: la creación de un pueblo en sus dominios».
José Fernández Vergara falleció el 13 de junio de 1906.
José Luis Cuello